Colección Bassat. Arte Contemporáneo de Cataluña 1980 – 1989 (II)

ARTISTAS

Antes de comentar de forma sucinta la trayectoria de los artistas que configuran esta segunda exposición de obras de los años ochenta de la Colección Bassat, me gustaría recordar ciertos hechos del ámbito artístico catalán de esa época y ampliar otros ya insinuados en el catálogo de la primera muestra.

En el año 1982 (no en 1984) se inició la Primavera Fotográfica de Catalunya. Es una fecha importante en cuanto al ámbito de la fotografía catalana y española. En 1980 se habían organizado, en la Fundació Miró de Barcelona, unas Jornadas Catalanas de Fotografía, que evidenciaron la inquietud de la joven generación de fotógrafos catalanes de obtener protagonismo y reconocimiento en el círculo creativo. Para algunos, este fue el primer paso hacia la creación de la Primavera Fotográfica que se convocó bianualmente hasta 2002. A lo largo de los años se consiguió que numerosas entidades y galerías de Catalunya se adhiriesen y colaboraran, lo cual comportó que de manera definitiva la fotografía adquiriera reconocimiento artístico, y al mismo tiempo se dieron numerosas oportunidades profesionales a los jóvenes fotógrafos. Si la gran muestra del MOMA The Family of Man, de 1955, marcó un punto de inflexión de la consideración mundial de la fotografía como aportación artística –siempre con los fieles negacionistas que no aceptan que ni la fotografía ni el diseño entren en el campo de la estética–, de la misma manera la Primavera Fotográfica representó el punto de arranque de la popularización de la fotografía como creación artística en Catalunya, al mismo tiempo que los fotógrafos se sintieron considerados artistas: exposiciones en galerías de arte, análisis estéticos de la obra, cotización y venta de la fotografía como objeto artístico...

Eran los años del enfrentamiento más abierto entre Barcelona y Madrid, en especial en el campo cultural. Enrique Tierno Galván, alcalde de la capital española, supo gestionar esa pugna y decantarla de forma positiva hacia Madrid. Por eso nació, más tarde, en 1998, PhotoEspaña, trasladando a la capital del Estado el foco impulsor de nuestra fotografía.

En ese momento apareció un nuevo concepto geográfico y cultural: la periferia. Yo no sé exactamente cómo y quién lo creó, pero era fruto, como la descentralización de la Primavera Fotográfica, de la descentralización de Barcelona como foco único de la creación artística catalana. Eso comportó que surgieran nuevos artistas en numerosas poblaciones de Catalunya y que se hablara de ellos; que una buena parte de aquellos jóvenes se unieran en grupos para tener un estímulo más cercano y formar una presencia colectiva; que aparecieran nuevos críticos, en especial críticas –denominadas titas-, que tenían muy cerca a los artistas, les aconsejaban y compartían muchas cosas con ellos; que aparecieran numerosas nuevas galerías para poder exponer esos nuevos futuros hipotéticos creadores. En Barcelona creció, en torno al Born, una nueva zona de galerías, por donde pasaba, decían, todo el futuro. Quien no conectaba con aquellos jóvenes, con aquellas críticas, con aquellas galerías, era un retrógrada. En aquellos momentos, existía una polarización de arte y críticos y artistas que, en teoría, representaban el progreso, la apertura, el cambio ante el arte y ante los críticos y los artistas que se mantenían apegados al pasado. Era una de las tantas pugnas y polémicas, no del todo abiertas al público en general, pero sí muy beligerantes entre los entendidos. Es cierto que se debatía en torno a ciertas vías de los lenguajes artísticos, pero en la discusión y en el protagonismo existía un gran peso generacional.

Bastante significativo de la aparición de esa periferia fue el grupo Trajecte de Terrassa, que empezó en 1985; lo formaban dos ceramistas, un fotógrafo, un escultor y una bailarina. Compartían un mismo espacio en el que cada cual tenía su estudio; eran espacios comunes la sala de exposiciones, la sala de reuniones, el archivo biblioteca... Promovieron el intercambio de exposiciones en el ámbito nacional e internacional, editaron una revista esmerada. La experiencia duró cuatro años. Un periodo corto, pero una actividad prolífica.

También en Terrassa, en 1980, se inauguró el Centro Cultural, que dependía de la caja local, y que se constituyó en el centro alternativo más dinámico de Catalunya fuera de Barcelona. En un excelente espacio arquitectónico, se impulsaron determinados programas de artes plásticas y de artes escénicas, irrepetibles. La temporada de danza se ha significado como una de las más atractivas del Estado, quizá la más importante. Las exposiciones y los conciertos, también el teatro, significaron el centro, que al mismo tiempo dio cobijo a las actividades de entidades culturales de ámbito local o de estructura reducida. Es un centro que organiza la Bienal de Pintura Ricard Camí, el concurso más importante que se ha celebrado en Catalunya durante los últimos tiempos; todo este conjunto de actividades han hecho del Centro Cultural de Terrassa, hasta el momento, un espacio imprescindible de la cultura catalana.

La década de los años ochenta fueron los años en los que, en Catalunya, se presentaron muchas exposiciones de los artistas más significados del panorama internacional. En parte, esas muestras fueron posibles porque varias entidades, como ”la Caixa”, crearon grandes centros expositivos, entrando en los circuitos internacionales de exhibición. Y esas entidades privadas consiguieron que las públicas se sumaran a esas manifestaciones. Sólo menciono algunas de las muestras más destacadas a lo largo de la década y de artistas extranjeros: Robert Motherwell, Amedeo Modigliani, Richard Neutra, El Crucifijo de Cimabue, Roberto Matta, Pintado en México, Bonnard, William Morris, Leonardo, Giorgio Morandi, Anthony Caro, Vanguardia rusa, Francis Picabia, Edvard Munch, Aligi Sassu, Raoul Dufy, Philip Guston, De la Revolución a la Perestroika... Muestras de diferentes planteamientos e importancia, que consiguieron que Catalunya se normalizara y saliera de años de estancamiento cultural.

En enero de 1988, se inauguró la ampliación de la Fundació Joan Miró de Barcelona. Ya antes, al enunciarse esta posibilidad e intención, se creó una fuerte polémica, ya que este edificio, considerado, quizá, el más emblemático de la obra del famoso arquitecto racionalista Josep Lluís Sert, parecía para muchos intocable. Entre ellos, yo mismo me manifesté contrario a la idea, porque creía que era una pieza tan equilibrada y perfecta que no admitía modificación alguna. Jaume Freixa, con gran rigor, demostró que ampliar un edificio considerado un todo orgánico era posible.

La Fundació Joan Miró, entre los años 1987 y 1989, tuvo como comisaria de exposiciones a Margit Rowell. Rowell propició algunas muestras internacionales importantes en la institución, impulsó a algunas figuras locales, contribuyó a internacionalizar la futura colección del MACBA y terminó con el Premio Internacional de Dibujo Joan Miró, de gran predicamento en el mundo artístico en todo el mundo. Para una americana, un hecho anual que se venía repitiendo desde 1962 era ya un producto caduco. Quiso sustituirlo por una trienal de dibujo que tuvo un gran inicio, porque lo llevó a cabo Rosa Queralt –crítica competente y sensible–, pero que no tuvo continuidad. Yo, en aquel momento, escribí en La Vanguardia un largo artículo intitulado Adiós, Premio Miró, que me enemistó definitivamente con Rowell.

Por esas fechas, en 1987, Josep Maria Subirachs colocaba su primera obra en la fachada de ponente del templo de la Sagrada Familia de Gaudí, La Flagelación.

Francesc Miralles
Crítico e historiador del arte